Tengo 57 años. Pablo Picasso decía: «Lleva mucho tiempo llegar a ser joven». Tengo esa frase hecha remera, y me da mucho alivio pensarlo así .

Honestamente, me siento hoy mucho más joven que a mis 30.

Tengo mucho menos cabello (tenía una melena frondosa de adolescente, hoy un jopo misericordioso), un «look Tintín» que puebla la segunda mitad de mi cabeza, dando rastros de que allí algo hubo en otros tiempos.

Además, algunas marcas en el rostro que llegaron para quedarse, mis rodillas que se quejan cuando tocan el suelo.

Pero eso sí, la pasión y la utopía intactas.

No me obsesiona el paso del tiempo, por supuesto que me gustaría que falte mucho más de lo que falta para terminar esta historia de vivir.

Se puede aprovechar el tiempo con la conciencia en segundo plano de la finitud. Foto Shutterstock.


Se puede aprovechar el tiempo con la conciencia en segundo plano de la finitud. Foto Shutterstock.

Hacer porque el tiempo pasa y la muerte existe

Pero hoy sé un montón de cosas que hace 20 años no sabía. Hoy tengo la capacidad de elegir qué batallas librar (aunque a menudo se me confunda y olvide).

Hoy tengo claro que no quiero perder tiempo, como sí lo hacía cuando me sentía inmortal. No lo soy, no lo somos, y la vida es larga pero no tanto.

Tengo mucho por hacer, y pienso hacerlo, justamente porque el tiempo pasa y la muerte existe.

Sé que los sueños son innegociables, que puedo mucho más de lo que creía, que puedo disfrutar.

El maestro José Saramago decía en el comienzo de su maravilloso libro Las intermitencias de la muerte: «Al día siguiente no murió nadie», en un territorio en donde la muerte decide dejar de trabajar, por ende nadie muere. Leyendo ese libro entendí porqué tampoco sería bueno ser inmortales.

Hoy digo que SI a todo lo que me genera algo de ilusión, porque el tiempo se escurre. Y no pienso, o al menos trato de no hacerlo, a menudo en la muerte.

Sueños intactos, estoy dispuesto a correr riesgos saludables.

Estaba paseando por un parque acuático, en Mendoza, luego de dar una charla. Navegando en catamarán miraba con ganas y miedo a quienes se tiraban en tirolesa. Siempre quise hacerlo, nunca me animé. Veía a toda la gente gritar de alegría y me dije: «Ahora o nunca».

Envejecimiento feliz. Envejecimiento saludable. Paso del tiempo. Adultos mayores. ejercicio. actividad física senior. Foto Shutterstock.


Envejecimiento feliz. Envejecimiento saludable. Paso del tiempo. Adultos mayores. ejercicio. actividad física senior. Foto Shutterstock.

Pequeños grandes desafíos

Hice la fila, y cuando me ponen el arnés y me sueltan sentí y pensé: «Me explota el pecho me muero en el aire, mis hijos tienen que trasladar el cuerpo».

Pero en un segundo estaba volando y todos los pensamientos catastróficos se vieron eclipsados por una sensación increíblemente maravillosa.

De eso se trata, creo. En las pequeñas cosas, desafiar los miedos, correr riesgos saludables.

¿Pero qué nos pasa a los mortales con el reloj que marca el devenir?

Disfrutar del descanso es también una opción saludable.. Foto Shutterstock.


Disfrutar del descanso es también una opción saludable.. Foto Shutterstock.

¿Qué nos sucede con el envejecer?

Quiero plantear en esta nota dos posiciones frente al paso del tiempo: egosintónica o egodistónica. Esto es, en armonía con el conflicto o peleando con el mismo.

Podemos elegir, el tiempo pasa y con eso nada podemos hacer. Pero frente a eso, hay mucho por decidir.

Podemos pelearnos con la realidad, pero también podemos aceptarla y aprovechar el tiempo con la conciencia en segundo plano de la finitud.

Egosintónicamente es en eje con el conflicto, sobreadaptándonos, permitiendo que el tiempo transcurra sin pena y sin gloria. Resignándonos a que nada podemos hacer para cambiar nuestra suerte y destino.

Egodistónicamente, todo lo contrario. Sin desafiar lo que no podemos cambiar, convertirnos en protagonistas dejando la pasividad de los espectadores de lo ajeno.

Se trata de nuestra vida, si no somos nosotros ¿quién entonces va a ocuparse de gestionarla?

El tiempo pasa, eso no podemos cambiarlo.

Cómo pasamos nosotros por el tiempo, sí depende de nuestra manera de vivir.

Honrar la vida vs. el día de la marmota 

«Mis arrugas son la señal de que he vivido». La gran China Zorrilla dijo algo parecido a esto alguna vez.

Y aclaro: no estoy en contra de las cirugías para disimular el paso del tiempo.

Pero si estoy convencido de que si nuestra energía y disponibilidad psíquica apunta a borrar las huellas del reloj, se nos va el tiempo luchando contra el tiempo.

Llueve sobre mojado.

Prefiero en lo personal como mamushkas ir ganando en experiencia, acumulando vivencias y coleccionar momentos para guardar en cajita.

En la cultura de la inmediatez en la que vivimos, y en la que nos han criado, la vejez es vivida como la imposibilidad de acceder a satisfacción inmediata.

Explico: crecer da miedo, el paso de una etapa a otra asusta.

En la juventud, en la adultez, en cada una de las bisagras de la vida anestesiamos automáticamente el malestar con placer líquido.

Camuflar el sufrimiento es una manera de gestionar la angustia que produce crecer. Aceptarlo, gestionarlo y soportar que esto inexorablemente sucede es otra forma.

A mi criterio, lo triste no es que la muerte exista. Lo triste es no haber vivido de la manera deseada.

Y aquí, una vez más, elegimos.

Asumir pequeños grandes desafíos. Foto Shutterstock.


Asumir pequeños grandes desafíos. Foto Shutterstock.

Vivir negando que la muerte existe

Esta es una breve descripción de la manera negadora y «maníaca» de enfrentar el paso del tiempo.

Hace unos años tenia que dar una conferencia y mi saco se manchó en el camarín.

Tuve la mala idea de frotar un trapo sobre la mancha: tenía dos problemas entonces, la mancha y el remarcado del trapo con su suciedad.

La mancha eclipsó a la prenda. Opté por salir al escenario, mostrar lo sucedido y hacer humor con eso que formó parte del contenido de mi charla.

Creo que ocurre lo mismo cuando de manera intensa y casi obsesiva alguien lucha contra el paso del tiempo: solo se nota más aquello que quiere ocultar.

«Ni tan calvo ni con 7 pelucas», dicen en España.

Una manera de enfrentar el envejecimiento es tratando de disimularlo, como yo intenté con la mancha de mi saco. Y no es así como funciona.

Obsesionarse, borrar las huellas de los años sistemáticamente, vestirse con las ropas de nuestros hijos; En estos tiempos de habla de «cronofobia» como un trastorno ligado al paso del tiempo .

Desaconsejo en este sentido sostener estos mandatos tan crueles de:

  • «Tengo que aprovechar cada segundo de mi vida porque el tiempo no vuelve»
  • «Tengo que lograr grandes cosas porque si no mi vida será una triste vida»

No pasa por ahí, sin prisa, pero sin pausa y saboreando cada instante que podamos, sabiendo que no siempre podemos.

Cuesta, claro que sí,pero al menos intentarlo es una sabia opción.

Elisa Forti, la abuela "runner". Foto Archivo Clarín/Lucía Merle.


Elisa Forti, la abuela «runner». Foto Archivo Clarín/Lucía Merle.

Aceptar la vejez

Simone de Beauvoir cuenta en sus libros que siempre fue muy activa en su vida adulta. Habla del desgaste y el cansancio como parte de los últimos años de la vida.

Tirada en la cama con una pila de libros, en lugar de leer miraba por la ventana las hojas de los árboles y escuchaba el canto de los pájaros.

Entendió que eso era parte de la vejez, descansar también después de un largo camino.

La no aceptación del cansancio es parte de luchar contra lo inexorable del paso del tiempo. Disfrutar del reposo es una opción saludable.

La vejez es un espejo en el que no nos queremos mirar, porque angustia.

Pero podemos caminar ese camino de la mano, y lo digo una vez más, de la pasión y la alegría.

Por un lado, Elisa Forti: tiene 87 años, es corredora, y lo hace para dar orgullo a sus nietos.

Del otro lado, cualquier hombre o mujer de 30 que trabaja todos los días de su vida en algo que no le da placer, y además sufre cada lunes y cada marzo porque la felicidad le es ajena.

Pregunto entonces, ¿quién tiene más arrugado el porvenir?

Podemos elegir, claro que podemos.

Caja de herramientas

Propongo, humildemente y con toda mi convicción:

  • Asumamos naturalmente y con sentido del humor (que tanto nos salva ) que lo de afuera cambia, pero en forma proporcional, lo de adentro crece. Y eso, créanme, compensa o al menos equilibra.
  • No dejemos sueños por resignación, luchemos por lo que nos hace vibrar.
  • Vivamos de la manera mas saludable posible pero evitemos la obsesión por evitar lo inevitable.

Cuanto más conectados estamos con el aquí y ahora, menos angustiante es el imaginar un futuro sin presente.

Quiero decir, si miramos de reojo las agujas del reloj, sin disfrutar y vivenciar lo que vamos viviendo, nos perdemos la posibilidad de ser efectivamente los protagonistas de lo vivido.

La melancolía por los buenos tiempos que no volverán, la ansiedad como exceso de futuro, y el presente se nos escurre como arena entre los dedos.

Hagamos que nuestra vida valga no la pena, sino la alegría de ser quienes queremos ser.

Que la muerte existe, claro que sí, pues entonces vivamos, con la sapiencia de aprender de lo vivido.

En este caso, mucho más que en otros, aplica mi frase de cabecera: difícil pero ni imposible.

*Alejandro Schujman es psicólogo especializado en familias. Autor de No huyo, solo vuelo: El arte de soltar a los hijos, Generación Ni-Ni, Es no porque yo lo digo y Herramientas para padres.​ Dirige, coordina y supervisa la @redasistencialpsi.

***

➪¿Tenés alguna duda sobre salud y bienestar que te gustaría que abordemos en notas de la sección? Entrá al Centro de Ayuda de Clarín haciendo click acá, ingresá a Mensaje a la redacción y luego a Preguntas a Buena Vida. Escribinos tu consulta y enviá. ¡Listo!

Mirá también





Source link

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí