Por Germán Faure germanfaure@gmail.com

Los conocí por casualidad en un cumpleaños hace unos meses. Mientras me amoldaba a los tópicos de las conversaciones y me amalgamaba a1 bullicio, fui descubriendo que se dedicaban a la música. Cuando alguien se dedica a la música desconfío. Miro de reojo y me voy enterando, de a poco, que cursan en el conservatorio de música de Mercedes. Pero algo me inquieta y es ya de madrugada cuando de pronto lo detecto. Tomo distancia para verlos mejor empiezo a captar cierto tempo entre ellos. Maqui hace un chiste y Mate se ríe cómplice, a1 rato Mate le pregunta algo y se encuentran por un instante en un recuerdo mutuo, una situación privada que los construye como melodía. Entre ese vaivén comparten un vaso de cerveza y comentan, con sorprendente liviandad para este escritor, sobre el show al que fueron invitados a tocar en “Uh! Meda”, hace algunos “findes” más atrás. Ah, viene con show la cosa, les digo, y el orgullo en sus miradas me convencen. Son músicos.

En ese momento comprendí que ellos tienen la música en el cuerpo, en los gestos, dentro de lo que esconde una mueca. Como caminan, y me atrevería a decir que en su cotidianidad más absurda. Mate deambula por los pasillos de la casa y al paso manotea el ukele de su sobrina. Lo afina al voleo y Maqui asegura que es imposible afinarlo bien, mientras, tararea una melodía que viaja entre los invitados y se pierde en los pasillos. Entonces, como un mandato, pasaron a ser instrumentos musicales para mí.

Entre el Ma (de Maqui), y el Ma (de Mateo), ocurre una vibración especifica. Algo en sus ojos que se entrelazan. Encuentran una vibración aprendida y desarrollada entre la pasión y la sangre de las cursadas. La química entre ellos no puede palparse, pero si, percibirse, escucharse hasta el punto de absorbernos. En seguida me fui enterando que no solo dominaban un instrumento, si no que la voz, las percusiones, músicos íntegros. Les fue inevitable incorporar una guitarra a la reunión. Entre todos se propone una canción, “Con limón y sal”. De fogón, dirán. Pero la forma, el estilo que tienen dista mucho de un fogón cualquiera. Es más bien el ardor de la pasión, una llamarada con la cual da gusto quemarse.

En la fiesta de la cerveza Mate se presentó como baterista en “ÁfamaBora”. Y el domingo pasado realizaron un show en Balero, el debut de su dueto folklórico (Dúo Acuarela). No me hallo en el folklore, pero esto fue distinto. El escenario que tienen en Balero les quedó chico. La calidad con la que se desempeñaron me hizo olvidar del mundo exterior. La voz de Maqui, un hallazgo completo, la soltura con la que Mate toca la guitarra, o el cajón peruano, o las segundas voces resulta de otro mundo. El goce en lo que hacen trasciende cualquier objeto de la tierra. El juego entre ellos dos, el gesto nuevamente, el amor que los rodea, los amigos y hermanos que subían y bajaban del escenario con una alegría digna de sentir envidia. Tal vez es ahí a donde quiero llegar y el motivo principal de este escrito. Un evento que te haga olvidar de todo, estado presente, un evento musical con esfuerzo, años de dedicación que sensibilice y provoque esto, escribir, pensar, doblegar las trabas sociales, los prejuicios que el hombre tiene enraizado.

Veo todos los conceptos del arte danzando entre ellos. No hace falta grandeza si hay amor en la acción. Fue un regalo y los invito a empaparse de él. Estén atentos porque se presentan nuevamente “Dúo Acuarela” en la “Peña semillera” el 26 de noviembre, organizada por la banda “Semilla agreste”.



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